[CRÍTICA] “HISS SPUN” – CHELSEA WOLFE: LA OSCURIDAD ES MUJER

CW-by-Bill-CrisafiEl sexto disco de estudio de Chelsea Wolfe, Hiss Spun, nos llega de la mano del siempre exquisito sello Sargent House, envuelto en la mayor expectación hasta la fecha ante el trabajo de la cantautora. 

Sus dos discos anteriores, los etéreos e introspectivos Pain Is Beauty y Abyss, habían revelado una realidad innegable: la estadounidense contaba con una visión personal y un potencial prometedores. Única en su especie y difícil de catalogar, los amantes más sibaritas de los sonidos más oscuros habían encontrado en ella una especie de nueva musa a la que idolatrar.

Me cuento entre los que se sentían extrañamente atraídos por el universo intuído en los últimos trabajos de la cantante, pero había algo que me faltaba en ellos: y ahora que lo tengo en las manos y girando en el tocadiscos, puedo decir qué es. Si en Pain Is Beauty y Abyss se exploraban temas tan personales como la parálisis del sueño, en canciones envueltas en vapores de folk gótico trobadoresco y paisajes industriales, respectivamente, es en Hiss Spun donde encontramos por fin un pulso y enfoque claramente metal que hace que este disco sea todo un puñetazo en la mesa.

Para embarcarse en esta nueva aventura, Chelsea se ha rodeado de una banda de lujo que se antoja, a la vista del resultado, la combinación perfecta para plasmar su particular universo sonoro: por una parte, el guitarra más elegante de la escena actual, el gentleman Troy Van Leuwen, un valor seguro a la hora de plasmar tanta clase como profundidad en cuanto disco se vea bendecido con la presencia de sus seis cuerdas y sus diez dedos. Por otra parte, como no, el multiinstrumentalista Ben Chisholm, otra gran fuerza creativa en la sombra, coproductor  y responsable también del sonido típicamente Chelsea Wolfe desde que ambos empezaron a colaborar en los discos de ella allá por 2010. Para acabar de rematar, también aporta producción (y las guitarras en Twin FawnKurt Ballou, guitarrista de los legendarios Converge. Suyo es además el estudio donde se grabó el disco.

Pero ahí no acaban las sorpresas en este disco. Una de las canciones que nos sirvió de avance del disco fue Vex, y se nos hicieron las orejas agua con esa mezcla terrorífica casi de ruidos indescifrablemente apocalípticos, bajos noventeros, capas y capas de distorsión y los aullidos inconfundibles de Aaron Turner (frontman de los desaparecidos Isis) constatando la caída a los infiernos que parece reflejar la canción. Lo más cercano al black metal que nos ha regalado Chelsea hasta la fecha.

 Jess Gowrie es la baterista, y es la primera vez que participa en un disco de Chelsea pero ambas son viejas amigas: compartieron militancia en una banda común, Red Host.  La química musical entre ambas se palpa, y Jess hace aquí un gran trabajo, empujando las canciones hasta llevarlas a otros niveles jugando con sonoridades propias, llenas de mimo,  para cada pieza. Pero más allá de los granitos de arena aportados por las colaboraciones y apariciones estelates, la presencia vocal y  lírica de Chelsea es el verdadero factor troncal que hace que el disco tenga una esencia femenina inconfundible. Es su voz la que guía las canciones por derroteros ahora dulces, ahora siniestros (Twin Fawn), a veces misteriosos y otras abiertamente sensuales (Spun), llevada por unas composiciones camaleónicas y con cierto toque retorcido y perverso que late bajo la superficie durante todo el disco. Es su voz el contrapunto que nos eleva cuando los instrumentos intentan arrastrarnos por paisajes de pesadilla, la que enciende una cerilla con ternura mientras avanzamos a tientas por una fría ciénaga al llegar al ecuador de The Culling. También su voz la que nos ofrece un respiro, acogedora, durante el tema más cálido del disco, Offering.

En Static Hum la vemos pasar de dulces susurros a hundirse en el barro para acabar en lo más alto, poderosa; en 16 Psyche (el otro adelanto del disco), de alguna manera se las apaña para que su lamento se convierta en hipnótico. En declaraciones sobre este último disco, Wolfe afirmó que el mismo tenía como temas los ciclos, las obsesiones e intuiciones y la fuerza centrífuga. Esa fuerza centrífuga bien podría ser la que hace que un tema tan gótico y años noventa en esencia como es Twin Fawn, se salga de su cauce y dé una vuelta de tuerca magistral cerca de su final, con las guitarras y baterías más endiabladas y furiosas que hemos oído en tiempo, totalmente desatadas.

Después de semejante viaje lleno de sutilidades, aún llegará la tribal Scrape para hacer que nos sintamos caminando peligrosamente al borde de una navaja afilada, con un oscuro abismo como única alternativa a la que lanzarnos. Decidido: nos quedamos con Chelsea hasta el último segundo, aunque acabemos sangrando por dentro. A fin de cuentas, ella ya nos lo advirtió hace un par de discos: el dolor es belleza. ¿Doom? ¿Black? ¿Sludge? ¿Industrial? ¿Sonido nineties? Simples granos de arena en un desierto inabastable. Etiquetas que se quedan todas cortas para el que será con toda seguridad el mejor disco que escuchemos este año.

TEXTO: ROSARIO LÓPEZ

 

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